martes, 21 de junio de 2011

3. El principio.

  En la playa veía muchísimas formas de vivir, muchas maneras de ser feliz. Entonces, en este momento, recordé mi infancia, en mi adolescencia, en mis momentos más felices... Hacía muchísimo tiempo que nunca había pensado en esto. Había pasado demasiado tiempo ocupada, más centrada en mi trabajo que en mi vida, tanto que hasta había olvidado pequeños fragmentos de ella. Había perdido a muchísimas relaciones, pero nunca me había dado cuenta de esto. Bueno, qué más da, si estoy aquí por mi trabajo, y tengo que ascender sí o sí a jefa de redacción. Apenas había pasado una semana desde que el jefe me dio esa noticia. Decidí irme a una isla, a Ibiza, para desconectar un poco y organizar mis ideas.
  Mientras unos niños jugaban un par de metros más adelante, saqué mi cuaderno, que había comprado en el aeropuerto al venir a la isla. Al comprarme este cuaderno, decidí que ahí iba a apuntar todos los destinos, todo lo que iba viendo y mis ideas. En otras palabras, el cuaderno iba a ser mi compañero de viaje, mi ayudante a mi ascenso a jefa, y mi cómplice para derrotar al otro, a Lucas.
  Saqué mi bolígrafo, y comecé a escribir:
   ''Destino 1: Ibiza.''
  Era poco, pero al menos ya había estrenado el cuaderno. Cuando llegue al hotel, escribiría algo más sobre esta isla, mi nueva experiencia. De repente, sonaron mis tripas, recordándome que apenas había comido nada desde por la mañana, al salir del hotel. Empecé a recoger mis cosas para ir a algún sitio para comer. Cuando terminé de recoger, los niños habían construido un pequeño castillo de arena, casi roto, pero los niños jugaban a ser caballeros andantes y ser damas raptadas por dragones. Pensé en que los niños se conformaban con muy poco, y en su mente iban construyendo algo mucho más grande. Algo tan grande como un castillo, con su fosa, con sus enemigos... Sumida en mis pensamientos, cogí mi bolso y las chancletas. Vi cómo se distribuían los personajes. Había un rey, un dragón, una princesa y la madrastra que era malvada. Cómo no, la típica madrastra que es la mala de todas las películas. No entendía -y sigo sin entender- por qué las mujeres siempre son las malas de las películas de dibujos animados. La bruja, la madrastra, las hermanas celosas... Chicas, siempre mujeres.
  Sigo caminando, y paso a su lado. Los niños estuvieron un rato discutiendo, sobre cosas que iban a aprender. Por mucho que discutieran, al final siempre uno tenía la razón. Me alejé de este lugar, y las voces de los niños se iban apagando hasta convertirse en un murmullo y desaparecer. Caminé por las calles, en busca de algún restaurante barato. Al final, vi un menú que me gustaba, barato. Entré, y pregunté si había mesas libres. Un camarero bastante guapo me contestó que había una mesa para una persona libre. Me tomó el pedido, de primero un plato de gazpacho y de segundo pasta, el menú del día. La comida llegó rápidamente, y estaba muy rica. apenas en media hora ya estaba empezando el postre, un mousse de chocolate que estaba demasiado dulce para mi gusto. En cuanto terminé el postre, saqué mi cuaderno y apunté lo que vi en la playa, el castillo de los niños, las distintas personas que pasaban... Cuando terminé todo, saqué mi móvil, pues lo había tenido apagado todo el día. Lo encendí, y nada más encenderlo, vi que tenía dos mensajes. Los abrí y uno era de mi hermano, preguntándome por el viaje. Le contesté que de momento iba bien. El otro era del director, su número personal. Lo abrí: Mónica, buenos días. ¿Qué tal la redacción? En la reunión se me olvidó deciros que, debido a una subvención que recibimos, cada uno (Lucas y tú) recibiréis  30 euros al día para poder moveros, viajar, etc. El dinero se enviará a tu cuenta, así que cada día te encontrarás con más dinero en el cajero. Saludos.
  Respondí el mensaje, dándole las gracias. Ya no tendría que preocuparme por el dinero, así que este viaje eran casi como unas vacaciones. Unas vacaciones a cambio de un trabajo... Sólo podía pensar en mi ascenso. Si no lo conseguía, iba a ser una gran vergüenza. Tenía que conseguirlo sí o sí. Tal vez suene un poco egoísta, pero me da igual.
  Guardé el móvil, levanté la vista para buscar algún camarero que anduviera por allí. Por suerte, vi al guapo que me atendió al principio. Le pedí con una señal de la mano la cuenta. Asintió, y pocos minutos después venía con la cuenta en una bandejita. Eran 8,99 euros. Como si la gente no supiera que con un céntimo más ya eran 9 euros, céntimo más o céntimo menos, qué más da. Dejé nueve euros en la mini-bandeja, recogí mi bolsa playera y me encaminé hacia mi hotel.
  Aquello sólo era el principio, aún me quedaba mucho por aprender.

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